Día 365: El último día de la guerra

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Quizá nunca olvide aquel viernes. Llegué retrasado del Cinvestav. Iba como casi siempre en la bicicleta. Estuvo lloviendo mucho y así que, tras mi recorrido, terminé empapado. Mi hermano tenía que salir de la ciudad para trabajar y estaba esperándome en el refugio.  Habíamos acordado el relevo una noche antes. Finalmente llegué, entré y te ví en tu sillón azul, ese frecuentemente disputado entre Moka y tú. Luego, él se fue. No sin antes despedirnos. Le dije que estaríamos en contacto. Debían ser días normales —en esa “normalidad”— con guardias normales.

Para esos tiempos, ya todos estábamos con muchas heridas, muy mermados, pero aún todos resistíamos. Por fortuna, siempre había alguno en mejores condiciones. Aquel animaba a los demás o al más débil, proponía las reflexiones —esas necesarias para los momentos que urgen de la razón—. Como equipo sabíamos que ese rol, el del “más fuerte” —léase “en mejores condiciones”—, iba circulando entre los cuatro. Además cada uno en su soledad libraba sus propias batallas para aguantar los días de la guerra.

Esa tarde te dí sopa. Te la serví en una almohada de bolitas con forma de dona que ajustaba con el tazón, para que no tuvieras que hacer esfuerzo en equilibrarlo y pudieras enfocarte en —la atropellada y difícil— misión rutinaria de llevar meter la cuchara al tazón, llenarla, subirla a tu boca, retener el alimento y bajarla de nuevo al tazón. Así todos los días, así fueron una de las tantas misiones. Así como siempre y como en toda tu vida: una guerrera.

A las pocas horas llegó papá. Llegó algo salpicado, dejó sus cosas y, como siempre, se acercó a ti dijo “¡Hola, mamita!” y te dio un beso en la frente. Ahí empezó, como podríamos decir, “su guardia”. Siempre tan fuerte él. Desde entonces yo solía pensar mucho en “sus batallas” y su fortaleza. Salía de un campo de batalla, su trabajo y sus condiciones laborales, para entrar a otro.

Pasaron las horas. Les dije “¡Ya me voy, nos vemos mañana!“. Te pregunté, como siempre, “¿Necesitas algo más?“. Me dijiste “¡No hijito!, ¡vete a descansar o a trabajar!…”. Siempre fuiste consciente de que teníamos otros frentes que atender. Seguiste: “¡voy a dormirme un ratito!” y te dije “¡Sí, descansa!“.

Durante toda la guerra era valioso dormir, pero más lo fue en las últimas batallas. Para nosotros era un momento de recuperación que poco a poco fue disminuyendo su efectividad pero nunca fue imprescindible. Para ti supongo que fue muchas cosas más además de eso. Quizá era como pasar a otra realidad donde no había guerra, quizá sólo una tregua temporal, quizá simplemente un periodo de inconsciencia donde no había dolor o sufrimiento. Me importaba mucho que durmieras. Seguramente para papá y mi hermano también. Sabía que vivir dormida no era una buena forma de vivir en esos días, pero también ahí la calidad de vida es algo que nada tiene que ver con lo ordinario.

Finalmente, te di un beso. Fui con papá, le di otro a él y me fui. No sabía que era el último día de la guerra. No sabía que ya no habrían más balas que detener, ni frentes que cubrir. Cualquiera podría pensar que de haber sabido, habríamos preparado las copas para festejar como en cualquier guerra. No era el caso. A veces divago en qué hubiéramos hecho de haber sabido. ¡No lo sé!, pero muy probablemente habría sido como la Tregua de Navidad de 1914: todos juntos, todos disfrutando cada instante, cada gesto, cada risa, cada roce, cada brillo ocular; todos comiendo la comida que más disfrutaras y saboreado hasta el sinsabor.

Horas después, Papá volvió a cambiar de frente y yo lo relevaría. Ese día me resistía un poco a tomar mi puesto, aunque finalmente lo hice. Bajé las escaleras, subí otras, abrí el refugio, …, la guerra había acabado. Sólo lo supe. Había que difundirlo a los demás frentes. Iniciaba la posguerra.

Alguna vez mi hermano me dijo algo sobre “la guerra”, que con frecuencia recuerdo y seguramente nunca olvidaré. Me dijo que la guerra me había tomado muchas cosas: tiempo, tranquilidad, paz, etc., pero que algún día la guerra terminaría y me devolvería todo, excepto a ti. Hace un año que la guerra terminó. Él tenía mucha razón. Devolvió todo con esa excepción. Nada volvió a ser igual.

Los que sobrevivimos: nosotros, salimos con muchas heridas y cicatrices. Algunas sanaron, otras ya irán sanando y otras nunca lo harán. Este tipo de  guerra sacude a las personas hasta sus cimientos, pero también deja lecciones. Muchas de ellas que, seguramente, deberemos utilizar en las guerras futuras. La vida es vaivén de paz y guerra. Lo único que podemos hacer es prepararnos los mejor posible para la siguiente y disfrutar sin reparo los momentos de paz.

Te mando un abrazo y un beso, ¡Fue un buen viaje!

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