Ni en la muerte dejan la hipocresía

Dos profesores han muerto en estos tiempos de pandemia. Las esquelas, de parte de las autoridades, llegaron con una rapidez excepcional. Con esa misma rapidez debieron haber llegado, en su momento, las condiciones laborales dignas. Esa rapidez, esos detalles, ahora son menudos.

En los tiempos de “la guerra” aprendí muchísimas cosas. Ninguna guerra pasa sin dejar secuelas, marcas, heridas, traumas, pero tampoco sin dejar lecciones o fortalezas. Eran los últimos días, veíamos el futuro próximo y teníamos que prepararnos. Tuvimos la oportunidad de acompañarnos y ser solidarios. Desde muy temprano, fuimos conscientes que todo teníamos que darlo durante la guerra, todo en vida; ya en la muerte sería insustancial. Esa fue otra de las lecciones, pero que para nada se limita a ese contexto.

Ya he pasado suficientes años, como docente del IPN, para identificar una constante: los atropellos laborales de parte de las autoridades. Estos atropellos son generalmente los mismos: contrataciones desventajosas, asignaciones tardías e irregulares de las plazas de base y de las categorías docentes, negación o condicionamiento de prestaciones laborales, falta de espacios dignos de trabajo, clasismo, etc. Seguramente, los abordaré con detalle en otro momento, por ahora solo menciono algunos.

Estas autoridades son personas similares a nosotros: los ordinarios. Generalmente compartimos la misma clase social de origen. Llegan a tener puestos con jerarquías medias-bajas, aunque excepcionalmente altas, pero al final regresan al mismo lugar, con nosotros. A pesar de lo anterior, parecen incapaces de generar empatía, inconscientes de un sentido de comunidad, privados del discernimiento que precarizar las condiciones laborales daña vidas y el desarrollo de las personas. Muchos han utilizado sus puestos y posiciones privilegiadas para beneficiarse, incluso a costa de esa precarización. Ahora, “esquelas”, “lamentos profundos”, “sentidas condolencias” para “nuestros destacados profesores”, ¿para qué?

Nuestro sindicato, la sección 60 del SNTE, no es diferente. Se supone que ellos deberían defender los intereses de los trabajadores. Sin embargo, por experiencia propia, puedo decir que nunca me han defendido, en todos los años que llevo y en cada uno de los atropellos que he sufrido han estado ausentes o, peor aún, han sido cómplices.

Bajo las circunstancias anteriores, estas expresiones resultan incluso ofensivas, porque ni en momento de la muerte dejan su hipocresía. Mientras estuvimos vivos poco o nada hicieron, en su ámbito de acción, para que nuestra calidad de vida mejorara, incluso fueron rapaces y precarizaron. Ya estando muerto ¿para qué?, quizá su silencio sería menos indigno al ser más congruente con su permanente indiferencia.

Aquí, ahora, podrían contratar profesores con miras a consolidarlos de tiempo completo, podrían asignarle sus plazas de base inmediatamente cuando por ley les corresponde, podrían quitarle a los directivos las oficinas elitistas y crear salas de profesores y de estudiantes, podrían proveer de comedores para la comunidad, podrían contratar dignamente a los trabajadores de limpieza explotados por la subcontratación, podrían hacer que esta institución tenga menos muros que un reclusorio, podrían buscar en su creatividad “de excelencia” formas para garantizar la seguridad de la comunidad, podrían reformar reglamentos para dejar de ser hostiles, podrían defender el presupuesto que les corresponde ante la Secretaría de Hacienda, podrían de dejar de ser tan corruptos… ¡podrían hacer mucho, todo eso que no han hecho y, con alta probabilidad, no harán!

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